El debate acerca de algunos temas muchas veces se hace estrecho y las diferentes perspectivas no siempre permiten considerar la importancia de lo que verdaderamente se pone en juego. Este es el momento en que se debe ver lo esencial y dejar por un momento lo que no toca directamente el problema. El caso en su dramatismo es simple. Una niña de apenas 9 años – la llamaremos Carmen- a quien debemos mirar fijamente a los ojos sin distraer la mirada ni siquiera un segundo, para demostrarle cuanto se la quiere. Carmen, en Recife (Brasil) fue violada repetidamente por su padrastro, se embaraza de mellizos y ya no tendrá una vida facil.
Carmen representa una historia de violencia cotidiana que ha conseguido aparecer en las páginas de lo diarios solo porque el arzobispo de Olinda y Recife se apuró en declarar la excomunión a los médicos que la ayudaron a interrumpir el embarazo. Una historia de violencia que pudiera haber pasado de incógnito, si no hubiera sido por la roncha que ha levantado la intervención del obispo. La violencia ejercida contra una mujer, grave de por sí, asume un valor aún mas despreciable cuando quien la sufre es una niña, con los agravantes de la pobreza y la degradación social en la que vive. No se encuentran palabras para condenar tales episodios y los sentimientos que brotan son frecuentemente una mezcla de rabia y de rencor que solo menguan cuando se hace justicia y la pena inflingida al delincuente de turno se hace efectiva.
Carmen, en primer lugar, debió ser defendida, abrazada, acariciada con dulzura para hacerle sentir que estábamos con ella, todos sin distinción alguna. Antes de pensar en la excomunión era necesario salvaguardar su vida inocente y llevarla a un nivel de humanidad del cual, nosotros, hombres de Iglesia deberíamos ser anunciadores expertos y maestros.
Rino Fisichella
Arzobispo presidente
De la Pontificia Academia para la Vida